Recuerdo recibir muchas visitas en mi estancia en el hospital. Todos decían que la habitación estaba muy bien, y que las vistas daban a un frondoso monte. En la cama de al lado había otra chica, que dio a luz unas horas antes que Mamá. Era muy maja, y como era su segundo hijo le daba consejos a Mami de cómo hacer ciertas cosas.
Cuando despertaba alguien me cogía en sus brazos con suavidad, lo que sin duda ayudaba a que me tranquilizase...si es que todo era completamente desconocido para mí!
De la habitación me solían llevar a una sala en la que me echaban en una especie de cuna con una cubierta transparente. Allí me dejaban bastante rato aunque no me gustaba demasiado. Desconocía los códigos de comunicación en mi nuevo mundo, pero cuando me dolía la tripa o tenía sed o hambre instintivamente mis mejillas y mi frente se enrojecían, mis párpados se cerraban y mis ojos se llenaban de lágrimas. No sé porque pero también me sentía impulsada a gritar. Normalmente Mamá me colocaba junto a su pecho y un agradable sabor calmaba mi hambre y sed.
Los que más tiempo se quedaban a hacernos compañía eran los abuelos. Sé que eran ellos porque siempre se identificaban, o Mamá o Papá me repetían una y otra vez su nombre. Enseguida empezaron a gustarme. Quizá sería porque su olor era muy parecido al de mis papis.
Me costaba mucho acordarme de todos los que se pasaban por la habitación, aunque unos cuantos se pasasen a diario.
La otra chica se fue y nos dejó solos. En parte lo agradecía porque todo se había vuelto más tranquilo, y también porque podía estar más tiempo bajo la luz de la ventana.
De pronto una mañana Mamá me empezó a vestir con una ropa diferente. La puso a mi lado sobre la cama y muy despacito fue cambiándome. Papá miraba mucho pero no aportaba demasiado. Tengo la sensación de que a veces tenía miedo de hacerme daño al moverme en la cuna o al cogerme en brazos. Lo fue superando. Mamá demostró una mayor destreza desde el principio.
Tras unos minutos mi aspecto era completamente diferente, y Mamá no dejaba de mirarme a través de un objeto con una tecla que presionaba con un dedo insistentemente. Papá hablaba con otro objeto pegado a la oreja. No se dieron cuenta de que llevaba los botones de la chaqueta en la parte delantera y no en la trasera. No pasa nada. Era feliz, una nueva aventura comenzaba.
domingo, 14 de octubre de 2012
jueves, 11 de octubre de 2012
Olaya ya está aquí
Era 8 de julio. Ya estaba cansada de estar dentro de la tripa de Mamá y quería salir a comprobar de dónde procedían todos esos ruidos y voces que tantos meses llevaba escuchando. Mi cuerpo había ido creciendo, y de pronto me empecé a dar cuenta de que podía estirarme. El hueco se hacía cada vez más pequeño, y necesitaba alargar mis brazos y piernas con mayor frecuencia. Resultaba curioso que cada vez que lo hacía, notaba algo que me tocaba desde el exterior.
Necesitaba salir, y en ese momento mi memoria se llenó de recuerdos. Cómo Mamá me cantaba, y cómo Papá hacía sus intentos torpemente. Tampoco se lo tendré en cuenta, el esfuerzo es lo que vale. Las palabras se hacían más pesadas y entrecortadas en los paseos de mañana y tarde. Eran largos y agradables, y me proporcionaban un suave balanceo. Todo eso estaba muy bien, pero ya era hora de poder abrir los ojos fuera de mi habitáculo privilegiado.
Después de una rica cena a base de macarrones con queso y tomate quise avisar a Mamá de que ya estaba lista, así que empecé a tocar en la pared. No se abría ninguna puerta, de modo que insistí una y otra vez. Realmente no sabía el procedimiento para salir al exterior. Pasaron las horas y fue entonces cuando decidí estirarme por completo y buscar una vía de escape. Encontré una abertura y me adentré en un pequeño túnel. No pude avanzar más. Podía oir los lamentos de Mamá, que parecía triste porque se quejaba mucho. Sentía no poder decirle que lo único que quería era reunirme con ella y poder tocarla.
Pasaron unos cuantos ratos y ni yo podía moverme ni Mamá dejaba de temblar. Sentí un escalofrío y Mami consiguió relajarse. El túnel se hizo un poquito más grande y logré avanzar.
Tras una eternidad comencé a oir muchos gritos de distintas personas. Le pedían a Mamá que empujase, no sé muy bien porqué, y Papá en voz baja la animaba. El túnel no tenía luz al fondo, y por momentos daba la sensación de que se estrechaba justo a mis pies. Pensé en volverme a mi huequecito, aunque el ansia por descubrir lo desconocido me podía. Oí un grito ahogado de Mami y entonces la luz apareció ante mis ojos. Un destello vibrante. Vi la salida e intenté llegar con todas mis fuerzas. Unas manos animosas me cogieron y en mi total desconcierto me colocaron sobre la barriga de Mamá. Sabía que era ella porque habíamos compartido todo, la vida los últimos nueve meses. Entonces Papá me puso cerca de su cara y le dijo: "Olaya ya está aquí". Era la tarde del 9 de julio.
Necesitaba salir, y en ese momento mi memoria se llenó de recuerdos. Cómo Mamá me cantaba, y cómo Papá hacía sus intentos torpemente. Tampoco se lo tendré en cuenta, el esfuerzo es lo que vale. Las palabras se hacían más pesadas y entrecortadas en los paseos de mañana y tarde. Eran largos y agradables, y me proporcionaban un suave balanceo. Todo eso estaba muy bien, pero ya era hora de poder abrir los ojos fuera de mi habitáculo privilegiado.
Después de una rica cena a base de macarrones con queso y tomate quise avisar a Mamá de que ya estaba lista, así que empecé a tocar en la pared. No se abría ninguna puerta, de modo que insistí una y otra vez. Realmente no sabía el procedimiento para salir al exterior. Pasaron las horas y fue entonces cuando decidí estirarme por completo y buscar una vía de escape. Encontré una abertura y me adentré en un pequeño túnel. No pude avanzar más. Podía oir los lamentos de Mamá, que parecía triste porque se quejaba mucho. Sentía no poder decirle que lo único que quería era reunirme con ella y poder tocarla.
Pasaron unos cuantos ratos y ni yo podía moverme ni Mamá dejaba de temblar. Sentí un escalofrío y Mami consiguió relajarse. El túnel se hizo un poquito más grande y logré avanzar.
Tras una eternidad comencé a oir muchos gritos de distintas personas. Le pedían a Mamá que empujase, no sé muy bien porqué, y Papá en voz baja la animaba. El túnel no tenía luz al fondo, y por momentos daba la sensación de que se estrechaba justo a mis pies. Pensé en volverme a mi huequecito, aunque el ansia por descubrir lo desconocido me podía. Oí un grito ahogado de Mami y entonces la luz apareció ante mis ojos. Un destello vibrante. Vi la salida e intenté llegar con todas mis fuerzas. Unas manos animosas me cogieron y en mi total desconcierto me colocaron sobre la barriga de Mamá. Sabía que era ella porque habíamos compartido todo, la vida los últimos nueve meses. Entonces Papá me puso cerca de su cara y le dijo: "Olaya ya está aquí". Era la tarde del 9 de julio.
lunes, 8 de octubre de 2012
Empezando
Mañana cumplo quince meses. En este tiempo he aprendido un montón de cosas, y he vivido increíbles aventuras a dos palmos del suelo. Recuerdo todavía cuando tenía que gatear para ir desde la zona de juegos hasta Mamá, parece que fue ayer. Voy perfeccionando la técnica y mi equilibrio caminando.
El tiempo corre muy deprisa, y cada día que pasa logro nuevos objetivos. Ya subo y bajo del banco de mi pequeño escritorio con gran soltura, y sí, ayer di mi primer beso a un niño...pero eso sólo es parte de lo que iré contando en este diario.
El tiempo corre muy deprisa, y cada día que pasa logro nuevos objetivos. Ya subo y bajo del banco de mi pequeño escritorio con gran soltura, y sí, ayer di mi primer beso a un niño...pero eso sólo es parte de lo que iré contando en este diario.
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