Tenía mucho sueño y empecé a cerrar los ojos. Mami me depositó suavemente en la cuna, y unos segundos más tarde colocó algo junto a mi. Un objeto rojo y alargado, con dos patas y una cola que al ser estirada hacía sonar una música. Era mi zorrito, que todavía a mis casi 17 meses tengo en la caja de los juguetes. Aunque ahora le tenga un poco olvidado entre tantas novedades, peluches parlantes y figuritas, significa mucho porque fue uno de los primeros juguetes que tuve. Ha sobrevivido a dos mudanzas y a los cariñosos ataques de Billy.
Aquellos días estaba aprendiendo a dormir siestas largas en mi nueva cuna. A veces me costaba un poco, porque me sentía sola al despertar, a pesar de que Mamá, Papá o los abuelitos enseguida venían a cogerme en brazos.
Después de unas noches en las que dormía sola en la cuna, mis papás decidieron que era mejor que durmiese con ellos en la cama grande, y la verdad es que el cambio mereció la pena. Desde entonces las horas de sueño se prolongaron, ya que cuando algo me sobresalta siempre me puedo arrimar a Mami, o a Papi, aunque el consuelo es más ventajoso acompañado de una sesión de leche de mamá. No hay nada en el mundo que se pueda comparar a ese momento. El sueño es más placentero con la barriga llena. Muchas cosas cambiaron al cumplir mi primera semana. Empecé a usar el mismo pañal durante más tiempo de noche, y lo prefiero. No me gustaba nada que me pusiesen sobre el cambiador a las 4 de la mañana...¡sólo quería seguir en la camita! El cambio creo que también les sentó mejor a mis papis, a los que veo con mejor cara y mejor humor por la mañana.
Y en todo este tiempo, mi zorrito rojo ha estado ahí, primero en la cuna y luego en la caja de los juguetes siendo testigo de cómo he gateado, cómo me he puesto en pie, y de mis primeros pasos. Pero eso será otra parte de la historia. Ahora toca seguir durmiendo, que no quiero que Mami se despierte con el ruido del teclado. Buenas noches.
sábado, 8 de diciembre de 2012
jueves, 15 de noviembre de 2012
Ya en casa
Un brillo desconocido me cegó los ojos por unos segundos. Se abrió una puerta de cristal y la sillita en la que me había sentado Mamá empezó a moverse ligeramente. Era una sensación muy rara el tener dos tirantes enganchados, imagino que para evitar que me cayera. De todas formas, tampoco pensaba moverme, me conformaba con mirar los árboles y a las personas que me devolvían la mirada. Incluso me sonreían. Papá agarraba la silla y me miraba mucho, con gesto de nerviosismo. Mami tampoco dejaba de mirarme. De pronto, se abrió otra puerta y la silla se apoyó en una más grande. Después comprendí que ibamos en coche a casa, a una de las seis que he conocido hasta ahora.
Al abrir la puerta algo vino corriendo a saludarme. En aquel momento no supe qué o quién era lo que lamía los pies. Siempre había visto a personas más grandes que yo, y Billy era diferente. La sensación fue muy extraña, aunque duró poco. Fue un instante y Papá y Mamá me volvieron a abrazar para tumbarme en una cuna de mayor tamaño que la del hospital.
Todo a mi alrededor olía muy bien, y las sábanas eran muy suaves. Los ojos comenzaron a cerrarse y me quedé dormida.
Me desperté y me sentí sola. La oscuridad me impedía ver nada, y sentí ganas de gritarles a Mami y Papi. Tenía que avisarles de que estaba despierta y de que el pañal me pesaba mucho. Noté que Mamá dio un salto desde la cama, que estaba pegada a la cuna, y encendió una luz de color verde, o eso me pareció. Le dijo algo a Papá que también se levantó. Mami me cogíó con dulzura, me abrazó y besó mi mejilla. Sirvió para que tranquilizase. Me ofreció su pecho y busqué la forma de llegar a eso tan rico que al poco de nacer empecé a tomar. Papi iba y venía de la habitación, encendiendo luces a su paso, mientras que Mami le hacía gestos con la mano. Entonces dejó de moverse y de encender luces.
Entre los dos me cambiaron el pañal muy despacio y volví a dormirme. Era mi primera noche en casa.
Al abrir la puerta algo vino corriendo a saludarme. En aquel momento no supe qué o quién era lo que lamía los pies. Siempre había visto a personas más grandes que yo, y Billy era diferente. La sensación fue muy extraña, aunque duró poco. Fue un instante y Papá y Mamá me volvieron a abrazar para tumbarme en una cuna de mayor tamaño que la del hospital.
Todo a mi alrededor olía muy bien, y las sábanas eran muy suaves. Los ojos comenzaron a cerrarse y me quedé dormida.
Me desperté y me sentí sola. La oscuridad me impedía ver nada, y sentí ganas de gritarles a Mami y Papi. Tenía que avisarles de que estaba despierta y de que el pañal me pesaba mucho. Noté que Mamá dio un salto desde la cama, que estaba pegada a la cuna, y encendió una luz de color verde, o eso me pareció. Le dijo algo a Papá que también se levantó. Mami me cogíó con dulzura, me abrazó y besó mi mejilla. Sirvió para que tranquilizase. Me ofreció su pecho y busqué la forma de llegar a eso tan rico que al poco de nacer empecé a tomar. Papi iba y venía de la habitación, encendiendo luces a su paso, mientras que Mami le hacía gestos con la mano. Entonces dejó de moverse y de encender luces.
Entre los dos me cambiaron el pañal muy despacio y volví a dormirme. Era mi primera noche en casa.
domingo, 14 de octubre de 2012
Descubriendo el mundo
Recuerdo recibir muchas visitas en mi estancia en el hospital. Todos decían que la habitación estaba muy bien, y que las vistas daban a un frondoso monte. En la cama de al lado había otra chica, que dio a luz unas horas antes que Mamá. Era muy maja, y como era su segundo hijo le daba consejos a Mami de cómo hacer ciertas cosas.
Cuando despertaba alguien me cogía en sus brazos con suavidad, lo que sin duda ayudaba a que me tranquilizase...si es que todo era completamente desconocido para mí!
De la habitación me solían llevar a una sala en la que me echaban en una especie de cuna con una cubierta transparente. Allí me dejaban bastante rato aunque no me gustaba demasiado. Desconocía los códigos de comunicación en mi nuevo mundo, pero cuando me dolía la tripa o tenía sed o hambre instintivamente mis mejillas y mi frente se enrojecían, mis párpados se cerraban y mis ojos se llenaban de lágrimas. No sé porque pero también me sentía impulsada a gritar. Normalmente Mamá me colocaba junto a su pecho y un agradable sabor calmaba mi hambre y sed.
Los que más tiempo se quedaban a hacernos compañía eran los abuelos. Sé que eran ellos porque siempre se identificaban, o Mamá o Papá me repetían una y otra vez su nombre. Enseguida empezaron a gustarme. Quizá sería porque su olor era muy parecido al de mis papis.
Me costaba mucho acordarme de todos los que se pasaban por la habitación, aunque unos cuantos se pasasen a diario.
La otra chica se fue y nos dejó solos. En parte lo agradecía porque todo se había vuelto más tranquilo, y también porque podía estar más tiempo bajo la luz de la ventana.
De pronto una mañana Mamá me empezó a vestir con una ropa diferente. La puso a mi lado sobre la cama y muy despacito fue cambiándome. Papá miraba mucho pero no aportaba demasiado. Tengo la sensación de que a veces tenía miedo de hacerme daño al moverme en la cuna o al cogerme en brazos. Lo fue superando. Mamá demostró una mayor destreza desde el principio.
Tras unos minutos mi aspecto era completamente diferente, y Mamá no dejaba de mirarme a través de un objeto con una tecla que presionaba con un dedo insistentemente. Papá hablaba con otro objeto pegado a la oreja. No se dieron cuenta de que llevaba los botones de la chaqueta en la parte delantera y no en la trasera. No pasa nada. Era feliz, una nueva aventura comenzaba.
Cuando despertaba alguien me cogía en sus brazos con suavidad, lo que sin duda ayudaba a que me tranquilizase...si es que todo era completamente desconocido para mí!
De la habitación me solían llevar a una sala en la que me echaban en una especie de cuna con una cubierta transparente. Allí me dejaban bastante rato aunque no me gustaba demasiado. Desconocía los códigos de comunicación en mi nuevo mundo, pero cuando me dolía la tripa o tenía sed o hambre instintivamente mis mejillas y mi frente se enrojecían, mis párpados se cerraban y mis ojos se llenaban de lágrimas. No sé porque pero también me sentía impulsada a gritar. Normalmente Mamá me colocaba junto a su pecho y un agradable sabor calmaba mi hambre y sed.
Los que más tiempo se quedaban a hacernos compañía eran los abuelos. Sé que eran ellos porque siempre se identificaban, o Mamá o Papá me repetían una y otra vez su nombre. Enseguida empezaron a gustarme. Quizá sería porque su olor era muy parecido al de mis papis.
Me costaba mucho acordarme de todos los que se pasaban por la habitación, aunque unos cuantos se pasasen a diario.
La otra chica se fue y nos dejó solos. En parte lo agradecía porque todo se había vuelto más tranquilo, y también porque podía estar más tiempo bajo la luz de la ventana.
De pronto una mañana Mamá me empezó a vestir con una ropa diferente. La puso a mi lado sobre la cama y muy despacito fue cambiándome. Papá miraba mucho pero no aportaba demasiado. Tengo la sensación de que a veces tenía miedo de hacerme daño al moverme en la cuna o al cogerme en brazos. Lo fue superando. Mamá demostró una mayor destreza desde el principio.
Tras unos minutos mi aspecto era completamente diferente, y Mamá no dejaba de mirarme a través de un objeto con una tecla que presionaba con un dedo insistentemente. Papá hablaba con otro objeto pegado a la oreja. No se dieron cuenta de que llevaba los botones de la chaqueta en la parte delantera y no en la trasera. No pasa nada. Era feliz, una nueva aventura comenzaba.
jueves, 11 de octubre de 2012
Olaya ya está aquí
Era 8 de julio. Ya estaba cansada de estar dentro de la tripa de Mamá y quería salir a comprobar de dónde procedían todos esos ruidos y voces que tantos meses llevaba escuchando. Mi cuerpo había ido creciendo, y de pronto me empecé a dar cuenta de que podía estirarme. El hueco se hacía cada vez más pequeño, y necesitaba alargar mis brazos y piernas con mayor frecuencia. Resultaba curioso que cada vez que lo hacía, notaba algo que me tocaba desde el exterior.
Necesitaba salir, y en ese momento mi memoria se llenó de recuerdos. Cómo Mamá me cantaba, y cómo Papá hacía sus intentos torpemente. Tampoco se lo tendré en cuenta, el esfuerzo es lo que vale. Las palabras se hacían más pesadas y entrecortadas en los paseos de mañana y tarde. Eran largos y agradables, y me proporcionaban un suave balanceo. Todo eso estaba muy bien, pero ya era hora de poder abrir los ojos fuera de mi habitáculo privilegiado.
Después de una rica cena a base de macarrones con queso y tomate quise avisar a Mamá de que ya estaba lista, así que empecé a tocar en la pared. No se abría ninguna puerta, de modo que insistí una y otra vez. Realmente no sabía el procedimiento para salir al exterior. Pasaron las horas y fue entonces cuando decidí estirarme por completo y buscar una vía de escape. Encontré una abertura y me adentré en un pequeño túnel. No pude avanzar más. Podía oir los lamentos de Mamá, que parecía triste porque se quejaba mucho. Sentía no poder decirle que lo único que quería era reunirme con ella y poder tocarla.
Pasaron unos cuantos ratos y ni yo podía moverme ni Mamá dejaba de temblar. Sentí un escalofrío y Mami consiguió relajarse. El túnel se hizo un poquito más grande y logré avanzar.
Tras una eternidad comencé a oir muchos gritos de distintas personas. Le pedían a Mamá que empujase, no sé muy bien porqué, y Papá en voz baja la animaba. El túnel no tenía luz al fondo, y por momentos daba la sensación de que se estrechaba justo a mis pies. Pensé en volverme a mi huequecito, aunque el ansia por descubrir lo desconocido me podía. Oí un grito ahogado de Mami y entonces la luz apareció ante mis ojos. Un destello vibrante. Vi la salida e intenté llegar con todas mis fuerzas. Unas manos animosas me cogieron y en mi total desconcierto me colocaron sobre la barriga de Mamá. Sabía que era ella porque habíamos compartido todo, la vida los últimos nueve meses. Entonces Papá me puso cerca de su cara y le dijo: "Olaya ya está aquí". Era la tarde del 9 de julio.
Necesitaba salir, y en ese momento mi memoria se llenó de recuerdos. Cómo Mamá me cantaba, y cómo Papá hacía sus intentos torpemente. Tampoco se lo tendré en cuenta, el esfuerzo es lo que vale. Las palabras se hacían más pesadas y entrecortadas en los paseos de mañana y tarde. Eran largos y agradables, y me proporcionaban un suave balanceo. Todo eso estaba muy bien, pero ya era hora de poder abrir los ojos fuera de mi habitáculo privilegiado.
Después de una rica cena a base de macarrones con queso y tomate quise avisar a Mamá de que ya estaba lista, así que empecé a tocar en la pared. No se abría ninguna puerta, de modo que insistí una y otra vez. Realmente no sabía el procedimiento para salir al exterior. Pasaron las horas y fue entonces cuando decidí estirarme por completo y buscar una vía de escape. Encontré una abertura y me adentré en un pequeño túnel. No pude avanzar más. Podía oir los lamentos de Mamá, que parecía triste porque se quejaba mucho. Sentía no poder decirle que lo único que quería era reunirme con ella y poder tocarla.
Pasaron unos cuantos ratos y ni yo podía moverme ni Mamá dejaba de temblar. Sentí un escalofrío y Mami consiguió relajarse. El túnel se hizo un poquito más grande y logré avanzar.
Tras una eternidad comencé a oir muchos gritos de distintas personas. Le pedían a Mamá que empujase, no sé muy bien porqué, y Papá en voz baja la animaba. El túnel no tenía luz al fondo, y por momentos daba la sensación de que se estrechaba justo a mis pies. Pensé en volverme a mi huequecito, aunque el ansia por descubrir lo desconocido me podía. Oí un grito ahogado de Mami y entonces la luz apareció ante mis ojos. Un destello vibrante. Vi la salida e intenté llegar con todas mis fuerzas. Unas manos animosas me cogieron y en mi total desconcierto me colocaron sobre la barriga de Mamá. Sabía que era ella porque habíamos compartido todo, la vida los últimos nueve meses. Entonces Papá me puso cerca de su cara y le dijo: "Olaya ya está aquí". Era la tarde del 9 de julio.
lunes, 8 de octubre de 2012
Empezando
Mañana cumplo quince meses. En este tiempo he aprendido un montón de cosas, y he vivido increíbles aventuras a dos palmos del suelo. Recuerdo todavía cuando tenía que gatear para ir desde la zona de juegos hasta Mamá, parece que fue ayer. Voy perfeccionando la técnica y mi equilibrio caminando.
El tiempo corre muy deprisa, y cada día que pasa logro nuevos objetivos. Ya subo y bajo del banco de mi pequeño escritorio con gran soltura, y sí, ayer di mi primer beso a un niño...pero eso sólo es parte de lo que iré contando en este diario.
El tiempo corre muy deprisa, y cada día que pasa logro nuevos objetivos. Ya subo y bajo del banco de mi pequeño escritorio con gran soltura, y sí, ayer di mi primer beso a un niño...pero eso sólo es parte de lo que iré contando en este diario.
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