Recuerdo recibir muchas visitas en mi estancia en el hospital. Todos decían que la habitación estaba muy bien, y que las vistas daban a un frondoso monte. En la cama de al lado había otra chica, que dio a luz unas horas antes que Mamá. Era muy maja, y como era su segundo hijo le daba consejos a Mami de cómo hacer ciertas cosas.
Cuando despertaba alguien me cogía en sus brazos con suavidad, lo que sin duda ayudaba a que me tranquilizase...si es que todo era completamente desconocido para mí!
De la habitación me solían llevar a una sala en la que me echaban en una especie de cuna con una cubierta transparente. Allí me dejaban bastante rato aunque no me gustaba demasiado. Desconocía los códigos de comunicación en mi nuevo mundo, pero cuando me dolía la tripa o tenía sed o hambre instintivamente mis mejillas y mi frente se enrojecían, mis párpados se cerraban y mis ojos se llenaban de lágrimas. No sé porque pero también me sentía impulsada a gritar. Normalmente Mamá me colocaba junto a su pecho y un agradable sabor calmaba mi hambre y sed.
Los que más tiempo se quedaban a hacernos compañía eran los abuelos. Sé que eran ellos porque siempre se identificaban, o Mamá o Papá me repetían una y otra vez su nombre. Enseguida empezaron a gustarme. Quizá sería porque su olor era muy parecido al de mis papis.
Me costaba mucho acordarme de todos los que se pasaban por la habitación, aunque unos cuantos se pasasen a diario.
La otra chica se fue y nos dejó solos. En parte lo agradecía porque todo se había vuelto más tranquilo, y también porque podía estar más tiempo bajo la luz de la ventana.
De pronto una mañana Mamá me empezó a vestir con una ropa diferente. La puso a mi lado sobre la cama y muy despacito fue cambiándome. Papá miraba mucho pero no aportaba demasiado. Tengo la sensación de que a veces tenía miedo de hacerme daño al moverme en la cuna o al cogerme en brazos. Lo fue superando. Mamá demostró una mayor destreza desde el principio.
Tras unos minutos mi aspecto era completamente diferente, y Mamá no dejaba de mirarme a través de un objeto con una tecla que presionaba con un dedo insistentemente. Papá hablaba con otro objeto pegado a la oreja. No se dieron cuenta de que llevaba los botones de la chaqueta en la parte delantera y no en la trasera. No pasa nada. Era feliz, una nueva aventura comenzaba.
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