Era 8 de julio. Ya estaba cansada de estar dentro de la tripa de Mamá y quería salir a comprobar de dónde procedían todos esos ruidos y voces que tantos meses llevaba escuchando. Mi cuerpo había ido creciendo, y de pronto me empecé a dar cuenta de que podía estirarme. El hueco se hacía cada vez más pequeño, y necesitaba alargar mis brazos y piernas con mayor frecuencia. Resultaba curioso que cada vez que lo hacía, notaba algo que me tocaba desde el exterior.
Necesitaba salir, y en ese momento mi memoria se llenó de recuerdos. Cómo Mamá me cantaba, y cómo Papá hacía sus intentos torpemente. Tampoco se lo tendré en cuenta, el esfuerzo es lo que vale. Las palabras se hacían más pesadas y entrecortadas en los paseos de mañana y tarde. Eran largos y agradables, y me proporcionaban un suave balanceo. Todo eso estaba muy bien, pero ya era hora de poder abrir los ojos fuera de mi habitáculo privilegiado.
Después de una rica cena a base de macarrones con queso y tomate quise avisar a Mamá de que ya estaba lista, así que empecé a tocar en la pared. No se abría ninguna puerta, de modo que insistí una y otra vez. Realmente no sabía el procedimiento para salir al exterior. Pasaron las horas y fue entonces cuando decidí estirarme por completo y buscar una vía de escape. Encontré una abertura y me adentré en un pequeño túnel. No pude avanzar más. Podía oir los lamentos de Mamá, que parecía triste porque se quejaba mucho. Sentía no poder decirle que lo único que quería era reunirme con ella y poder tocarla.
Pasaron unos cuantos ratos y ni yo podía moverme ni Mamá dejaba de temblar. Sentí un escalofrío y Mami consiguió relajarse. El túnel se hizo un poquito más grande y logré avanzar.
Tras una eternidad comencé a oir muchos gritos de distintas personas. Le pedían a Mamá que empujase, no sé muy bien porqué, y Papá en voz baja la animaba. El túnel no tenía luz al fondo, y por momentos daba la sensación de que se estrechaba justo a mis pies. Pensé en volverme a mi huequecito, aunque el ansia por descubrir lo desconocido me podía. Oí un grito ahogado de Mami y entonces la luz apareció ante mis ojos. Un destello vibrante. Vi la salida e intenté llegar con todas mis fuerzas. Unas manos animosas me cogieron y en mi total desconcierto me colocaron sobre la barriga de Mamá. Sabía que era ella porque habíamos compartido todo, la vida los últimos nueve meses. Entonces Papá me puso cerca de su cara y le dijo: "Olaya ya está aquí". Era la tarde del 9 de julio.
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